Un día desperté en un lugar desconocido. Había un cielo claro y junto a mí un río impasible, ningún sonido alcanzaba a escuchar desde mi posición en la arena, sin animales en movimiento ni el sonido de la brisa al pasar entró en mí una desesperación acuciante que rogaba por algo que acabara con ese escenario de innatural tranquilidad
Una sola lágrima cayó de mi rostro al agua y como si ésta fuese un presagio de lo que ocurriría, cinco ondas partieron de allí hasta la otra orilla del río, en algún punto que mis ojos terrenales no eran capaces de apreciar. Y esa sola lágrima rompió el encanto que tenía atrapado aquel paraje pues donde atravesaban las ondas el agua, la vida se abría paso desenfrenada
Hipopótamos surgieron de repente del otrora impávido espejo como quién encuentra la salida de su celda luego de darse por vencido, asustada retrocedí lentamente, como sabia conocedora de su explosivo temperamento y un escalofrío subió por mi espina al sentir el suave toque en mi codo izquierdo.
Lentamente volteé mi vista hacia aquello áspero y frío que rozaba mi piel, ojos verdes de lagarto y una larga hilera de dientes saludaron mi curiosidad, ahí el miedo congeló mi cuerpo y mientras veía a aquel ser ingresar al agua del Nilo recordé el enorme pesar que sentí cuando solo éramos yo, el sol y el río; verme rodeada de tanta vida me tranquilizo, parecía ser invisible como un espectador.
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