Diez veces busqué tus ojos y
conseguí una pantalla.
Diez veces llamé a tu teléfono y
actualizabas tu aplicación favorita.
Diez veces te invité a salir y
hablaste más con tus amigos por mensajes que conmigo y el helado que compartíamos.
Diez veces esperé que pausaras un
juego que no podía pausarse.
Diez minutos esperé en el aeropuerto
por tu despedida.
Diez videollamadas ignoré cuando nos
separaba un océano inmenso.
Y hoy diez meses después de obtener
la última conversación a medias contigo me encuentro en una plaza hablando con
alguien que realmente está aquí conmigo, a la que puedo ver a los ojos sin
necesidad de llamarlo por su nombre más de una vez.
Y diez veces le deseé una muerte
prematura al teléfono inteligente que le regaló su hermana por su cumpleaños.
¿Tal vez unas diez caídas, tan
fatales como accidentales para su pantalla táctil, resuelvan mi problema?
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